Para empezar, me quiero situar en el escenario más trágico posible. Un niño aparentemente muriendo de inanición en alguna parte de Sudán asediado por un buitre. Es una foto que ganó un Pulitzer, pero también probablemente la imagen más cruel que se nos podría venir a la mente. Se puede cuestionar la inacción del fotógrafo ante la escena (luego, durante el discurso de aceptación del Pulitzer, el mismo fotógrafo Kevin Carter, afirmó: "Aún me arrepiento de no haber ayudado.").
Continuando con la triste realidad del mundo, anoche tuve la oportunidad de ver un reportaje sobre la madre que incendió el cuarto en que dormían sus hijos. Los peritos afirman que el cuarto llegó a los 1200° C, mientras que los vecinos afirman haber escuchado a los niños llamar desesperados a su mamá para que los rescatara. No sucedió, ella se quedó en la casa y salió sólo hasta estar segura de que sus hijos ya habían muerto.
Sin alargarme mucho más, existen también en el mundo regímenes déspotas que ven con indiferencia a sus pueblos morir de hambre, por guerras innecesarias o por otras razones meramente ideológicas/políticas.
Es en este punto donde la pregunta de múltiples no creyentes es más que válida: "Si es que hay un Dios, ¿cómo puede permitir que cosas tan terribles pasen?" o bien, "Si Dios es amor, ¿por qué olvida a todas esas personas y los deja sufrir de esta manera?". La teodicea (para citar algo de filosofía) plantea que, si Dios existe, es Todopoderoso y totalmente bondadoso, debería acabar con todos los males; en vista de que no lo hace, se presentan tres posibilidades: o bien no es Todopoderoso, o simplemente es un sádico, o llanamente no existe.
Y bien, ante todos estos razonamientos que satisfacen cualquier lógica, quiero hacer eco de la voz del único al que no se le ha permitido hablar al respecto: A Dios mismo. Existe una respuesta clara a esto y su nombre es soberanía.
Soberanía es una palabra que nos gusta cuando se nos aplica a nosotros o al país donde vivimos. Nos gusta saber que podemos hacer lo que nos plazca, hacer nuestra voluntad. El problema pareciera que aparece cuando, por alguna extraña razón, no se nos permite privar de ella a Dios. En Isaías 46:10 NVI, Él mismo nos lo deja muy en claro: "Yo digo: Mi propósito se cumplirá, y haré todo lo que deseo.". El Señor ha dejado en claro que se hará su voluntad.
"¿O sea que la gente sufre porque a Dios le da la gana? ¡Estás dándole la razón a la teodicea!".
No es el punto al que voy. El punto es, que nosotros queremos definir qué es bueno y qué es malo. Y no conformes con eso, decidimos qué es más malo y qué es menos malo, asignándole al Padre únicamente el rol de castigar lo que a nosotros nos parece malo. Así las cosas, esperaríamos de Dios que mande un relámpago a partir en dos al violador de niños que salió en las noticias, pero a mí que pagué en efectivo para no pagar un impuesto que me parece abusivo o ilegal, no me corresponde castigo, porque en realidad de cierto modo lo que hice no es tan malo (lo cual podría llegar incluso a ser cierto si se elimina por completo del mapa el plano espiritual, bastaría notar que el castigo para ambas acciones es muy diferente).
Aquí es donde entra a jugar la soberanía. La soberanía de Dios. Esta es una de las razones por las cuales nos dejó Su Palabra. Aunque la Biblia no es específicamente un manual de "Do's and Don'ts", es muy claro que Él ha separado el bien del mal y la justicia de la injusticia, todo basado en Su soberano criterio.
El apóstol Pablo, escribe en Romanos 3:23 (RV1960): "...Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios...", dejando en claro que por nuestra condición de pecadores, todos estamos alejados del Señor. Y valga la pena aclarar que, aunque cada mala acción tenga consecuencias diferentes en la Tierra, a los ojos del Padre no existe la escala de grises que nos gusta establecer para nuestra comodidad.
Estando en esta condición, cuando esperamos de Dios que elimine todo el sufrimiento y todo el mal, estamos en resumidas cuentas pidiendo nuestra propia extinción, sería como pedirle "esta noche, mientras esté durmiendo, máteme, acabe conmigo". Inclusive, según Romanos 6:23, "la paga del pecado es muerte", todo encajaría.
¿Por qué no lo hace? Sería la pregunta lógica para continuar esta cadena de razonamientos. La respuesta, con todo lo trillada que pueda sonar, es misericordia. Misericordia significa no dar a alguien el castigo que merece. Lo dice Romanos 5:8 (RV1960): "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.".
No lo merecíamos, éramos dignos de la muerte (tal y como la podríamos desear para todos esos malvados que hacen sufrir a los demás), pero como dice el versículo que posiblemente sea el más conocido de la Biblia, Juan 3:16 (RV1960) "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.". No le ha bastado a Dios con no darnos el castigo que merecemos, sino que ha extendido su mano para ofrecernos lo que no merecemos, a través del sacrificio que Él mismo hizo por nosotros.
En resumen, no es el deseo de Dios que suframos o que haya maldad. De hecho ha profetizado el fin de todo ese mal, pero antes ha decidido por amor a la humanidad darnos el chance de reconciliarnos ante Él. Ahora la pregunta es ¿estamos dispuestos a aceptar esta oportunidad?
¡Bendiciones!

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