domingo, 15 de marzo de 2020

Lidiando con el desánimo


La gente que me conoce sabe que soy ajedrecista desde la edad de aproximadamente diez años. Aprendí en la escuela, principalmente porque algunos de mis compañeros aprendieron primero y quisieron compartir el conocimiento con nosotros. Éramos un grupo de unos ocho chiquillos que no salía del aula en el recreo para quedarse jugando. Desde ahí, se convirtió en un deporte que me apasiona y que estoy disfrutando enormemente en esta etapa de mi vida. Tanto lo estoy disfrutando, que tal y como alguien me enseñó hace ya más de veinte años, ahora lo quiero trasladar hacia la siguiente generación.

En Costa Rica “nacemos con una bola debajo del brazo” (entiéndase que tenemos una marcadísima tendencia hacia el fútbol) y especialmente los varones tenemos ese sueño desde niños de levantar el trofeo de la Copa del Mundo o de la Champions League. Aquí nadie sueña desde tan temprana edad con ser campeón mundial de ajedrez o cualquier cosa semejante relacionada al deporte ciencia. Y no culpo a nadie, yo a los siete u ocho años, también me veía jugando con Saprissa.

Sabiendo todo esto, cada cierto tiempo, en los entrenamientos de ajedrez los sábados por la mañana, aparece una carita de un pequeño que llega hasta allá prácticamente arrastrado porque su papá, mamá o ambos están interesados en que la criatura desarrolle concentración, pensamiento estructurado, habilidad para resolución de problemas y lógica matemática, disciplina, control del primer impulso (todos estos beneficios del ajedrez en la niñez, sumado a muchísimos más para la edad adulta... es más, les recomiendo empezar a jugar, ja ja) o simplemente que se aleje de los dispositivos electrónicos.

De repente, el niño se ve en una sala con un profesor que hace su mejor esfuerzo para explicarle cómo se divide un tablero, cómo se mueven las piezas y otros conceptos básicos del ajedrez.

En mis seis meses haciendo esto todos los sábados por la mañana, he aprendido a leer lo que me dicen esos pequeños ojos: Algunos muestran muchísimo entusiasmo y se quieren comer el mundo del ajedrez de un bocado, pero una interesante mayoría en sus ojos con transparencia pasmosa dejan ver que desde adentro están gritando “¡no entiendo nada de esto, es demasiado aburrido, ya sáquenme de aquí por amor a Dios!”.

Y qué duro es al inicio lidiar con ese rechazo en tan alto porcentaje. Eso encima de toda la tramitología para conseguir materiales, lo complicado de lograr el crecimiento del grupo por tratarse de un deporte de poco poder de convocatoria en comparación con otros y otras circunstancias más que difíciles que rodean todo esto y lo ponen a uno a cuestionarse: “¿Verdaderamente vale la pena seguir haciendo lo que hago?”. Súmesele a todo que no se perciba ningún tipo de ganancia económica por ello.

Ese momento donde uno pone todo en una balanza es producto del desánimo. Puede que se trate de un ejemplo muy trivial en comparación con lo que otros enfrentarán, pero no será sólo a mí, ni sólo en este proyecto que me suceda. En el trabajo, en la iglesia, en el matrimonio y en muchas otras actividades de nuestras vidas todos enfrentaremos al desánimo, indistintamente del grado de dificultad de las situaciones. El tema es que, no podemos dejar que nos venza, ni por un segundo flaquear ante él.

En este tipo de momentos, gracias a Dios he tenido apoyo en mi familia y personalmente he encontrado apoyo siempre en las Escrituras.

En este caso particular, no dejo de pensar en 1° Cor. 15:58, donde Pablo comenta a la iglesia de Corinto: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.




No sé si Pablo le escribía a una iglesia que específicamente atravesaba tiempos de desánimo, pero ¡qué lección de cómo afrontarlo da en este pasaje!

Y si pensamos, como dice Colosenses 3:23, que todo lo hacemos “como para el Señor”, ¿no parece una gran estrategia para seguir en cualquier área de la vida? Es sumamente poderoso el pensar que, todo lo que hacemos como para el Señor, no será en vano.

Esto es, sin duda, mi motor para cuando veo esos ojos de desesperación por irse y no volver más, aún así dar mi 110% por que ese pequeño se lleve la mejor primera lección de ajedrez que se pueda recibir. O más aún, para el día en que sólo un alumno llegue a la clase, yo dé la mejor clase que pueda dar ese día, aunque no llegue nadie más.

Ese tiene que ser nuestro motor para que cuando sepamos que el cliente va a rechazar la propuesta, aún así le demos una propuesta digna de ser recordada.

Tiene que darnos energía para que, cuando las cosas estén difíciles en  nuestras relaciones con otros, podamos entregar nuestra mejor versión cada vez.

Y, principalmente, nos tiene que motivar a servir al Señor cuando menos creamos que vale la pena.

¡Bendiciones!

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