La gente que me conoce sabe que soy ajedrecista desde la
edad de aproximadamente diez años. Aprendí en la escuela, principalmente porque
algunos de mis compañeros aprendieron primero y quisieron compartir el
conocimiento con nosotros. Éramos un grupo de unos ocho chiquillos que no salía del aula en el recreo para quedarse jugando. Desde ahí, se convirtió en un
deporte que me apasiona y que estoy disfrutando enormemente en esta etapa de mi
vida. Tanto lo estoy disfrutando, que tal y como alguien me enseñó hace ya más
de veinte años, ahora lo quiero trasladar hacia la siguiente generación.
En Costa Rica “nacemos con una bola debajo
del brazo” (entiéndase que tenemos una marcadísima tendencia hacia el fútbol) y
especialmente los varones tenemos ese sueño desde niños de levantar el trofeo
de la Copa del Mundo o de la Champions League. Aquí nadie sueña desde tan temprana edad con ser campeón mundial de ajedrez o cualquier cosa semejante
relacionada al deporte ciencia. Y no culpo a nadie, yo a los siete u ocho años,
también me veía jugando con Saprissa.
Sabiendo todo esto, cada cierto tiempo, en los entrenamientos
de ajedrez los sábados por la mañana, aparece una carita de un pequeño que
llega hasta allá prácticamente arrastrado porque su papá, mamá o ambos están
interesados en que la criatura desarrolle concentración, pensamiento
estructurado, habilidad para resolución de problemas y lógica matemática,
disciplina, control del primer impulso (todos estos beneficios del ajedrez en
la niñez, sumado a muchísimos más para la edad adulta... es más, les recomiendo empezar a
jugar, ja ja) o simplemente que se aleje de los dispositivos electrónicos.
De repente, el niño se ve en una sala con un profesor que
hace su mejor esfuerzo para explicarle cómo se divide un tablero, cómo se
mueven las piezas y otros conceptos básicos del ajedrez.
En mis seis meses haciendo esto todos los
sábados por la mañana, he aprendido a leer lo que me dicen esos pequeños ojos:
Algunos muestran muchísimo entusiasmo y se quieren comer el mundo del ajedrez
de un bocado, pero una interesante mayoría en sus ojos con transparencia pasmosa dejan ver que
desde adentro están gritando “¡no entiendo nada de esto, es demasiado aburrido,
ya sáquenme de aquí por amor a Dios!”.
Y qué duro es al inicio lidiar con ese rechazo en tan alto
porcentaje. Eso encima de toda la tramitología para
conseguir materiales,
lo complicado de lograr el crecimiento del grupo por tratarse de un deporte de poco poder de convocatoria en comparación con otros y otras circunstancias más que
difíciles que rodean todo esto y lo ponen a uno a cuestionarse: “¿Verdaderamente
vale la pena seguir haciendo lo que hago?”. Súmesele a todo que no se perciba ningún tipo de ganancia económica por ello.
Ese momento donde uno pone todo en una balanza es producto del desánimo. Puede que se trate de un ejemplo muy trivial en comparación con lo
que otros enfrentarán, pero no será sólo a mí, ni sólo en este proyecto que me suceda.
En el trabajo, en la iglesia, en el matrimonio y en muchas otras actividades de
nuestras vidas todos enfrentaremos al desánimo, indistintamente del grado de
dificultad de las situaciones. El tema es que, no podemos dejar que nos venza,
ni por un segundo flaquear ante él.
En este tipo de momentos, gracias a Dios he tenido apoyo en
mi familia y personalmente he encontrado apoyo siempre en las Escrituras.
En este caso particular, no dejo de pensar en 1° Cor. 15:58,
donde Pablo comenta a la iglesia de Corinto: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo
en el Señor no es en vano.”
No sé si Pablo le escribía a una iglesia que específicamente atravesaba
tiempos de desánimo, pero ¡qué lección de cómo afrontarlo da en este pasaje!
Y si pensamos, como dice Colosenses 3:23, que todo lo
hacemos “como para el Señor”, ¿no parece una gran estrategia para seguir en cualquier
área de la vida? Es sumamente poderoso el pensar que, todo lo que hacemos como para el Señor, no será en vano.
Esto es, sin duda, mi motor para cuando veo esos ojos de
desesperación por irse y no volver más, aún así dar mi 110% por que ese pequeño
se lleve la mejor primera lección de ajedrez que se pueda recibir. O más aún,
para el día en que sólo un alumno llegue a la clase, yo dé la mejor clase que
pueda dar ese día, aunque no llegue nadie más.
Ese tiene que ser nuestro motor para que cuando sepamos que
el cliente va a rechazar la propuesta, aún así le demos una propuesta digna de
ser recordada.
Tiene que darnos energía para que, cuando las cosas estén
difíciles en nuestras relaciones con otros, podamos entregar nuestra mejor versión cada vez.
Y, principalmente, nos tiene que motivar a servir al Señor
cuando menos creamos que vale la pena.
¡Bendiciones!

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