martes, 14 de enero de 2020

Tanta maldad, tanto sufrimiento... ¿y Dios?



Para empezar, me quiero situar en el escenario más trágico posible. Un niño aparentemente muriendo de inanición en alguna parte de Sudán asediado por un buitre. Es una foto que ganó un Pulitzer, pero también probablemente la imagen más cruel que se nos podría venir a la mente. Se puede cuestionar la inacción del fotógrafo ante la escena (luego, durante el discurso de aceptación del Pulitzer, el mismo fotógrafo Kevin Carter, afirmó: "Aún me arrepiento de no haber ayudado."). 

Continuando con la triste realidad del mundo, anoche tuve la oportunidad de ver un reportaje sobre la madre que incendió el cuarto en que dormían sus hijos. Los peritos afirman que el cuarto llegó a los 1200° C, mientras que los vecinos afirman haber escuchado a los niños llamar desesperados a su mamá para que los rescatara. No sucedió, ella se quedó en la casa y salió sólo hasta estar segura de que sus hijos ya habían muerto.

Sin alargarme mucho más, existen también en el mundo regímenes déspotas que ven con indiferencia a sus pueblos morir de hambre, por guerras innecesarias o por otras razones meramente ideológicas/políticas.

Es en este punto donde la pregunta de múltiples no creyentes es más que válida: "Si es que hay un Dios, ¿cómo puede permitir que cosas tan terribles pasen?" o bien, "Si Dios es amor, ¿por qué olvida a todas esas personas y los deja sufrir de esta manera?". La teodicea (para citar algo de filosofía) plantea que, si Dios existe, es Todopoderoso y totalmente bondadoso, debería acabar con todos los males; en vista de que no lo hace, se presentan tres posibilidades: o bien no es Todopoderoso, o simplemente es un sádico, o llanamente no existe.

Y bien, ante todos estos razonamientos que satisfacen cualquier lógica, quiero hacer eco de la voz del único al que no se le ha permitido hablar al respecto: A Dios mismo. Existe una respuesta clara a esto y su nombre es soberanía.

Soberanía es una palabra que nos gusta cuando se nos aplica a nosotros o al país donde vivimos. Nos gusta saber que podemos hacer lo que nos plazca, hacer nuestra voluntad. El problema pareciera que aparece cuando, por alguna extraña razón, no se nos permite privar de ella a Dios. En Isaías 46:10 NVI, Él mismo nos lo deja muy en claro: "Yo digo: Mi propósito se cumplirá, y haré todo lo que deseo.". El Señor ha dejado en claro que se hará su voluntad.

"¿O sea que la gente sufre porque a Dios le da la gana? ¡Estás dándole la razón a la teodicea!". 

No es el punto al que voy. El punto es, que nosotros queremos definir qué es bueno y qué es malo. Y no conformes con eso, decidimos qué es más malo y qué es menos malo, asignándole al Padre únicamente el rol de castigar lo que a nosotros nos parece malo. Así las cosas, esperaríamos de Dios que mande un relámpago a partir en dos al violador de niños que salió en las noticias, pero a mí que pagué en efectivo para no pagar un impuesto que me parece abusivo o ilegal, no me corresponde castigo, porque en realidad de cierto modo lo que hice no es tan malo (lo cual podría llegar incluso a ser cierto si se elimina por completo del mapa el plano espiritual, bastaría notar que el castigo para ambas acciones es muy diferente).

Aquí es donde entra a jugar la soberanía. La soberanía de Dios. Esta es una de las razones por las cuales nos dejó Su Palabra. Aunque la Biblia no es específicamente un manual de "Do's and Don'ts", es muy claro que Él ha separado el bien del mal y la justicia de la injusticia, todo basado en Su soberano criterio.

El apóstol Pablo, escribe en Romanos 3:23 (RV1960): "...Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios...", dejando en claro que por nuestra condición de pecadores, todos estamos alejados del Señor. Y valga la pena aclarar que, aunque cada mala acción tenga consecuencias diferentes en la Tierra, a los ojos del Padre no existe la escala de grises que nos gusta establecer para nuestra comodidad.

Estando en esta condición, cuando esperamos de Dios que elimine todo el sufrimiento y todo el mal, estamos en resumidas cuentas pidiendo nuestra propia extinción, sería como pedirle "esta noche, mientras esté durmiendo, máteme, acabe conmigo". Inclusive, según Romanos 6:23, "la paga del pecado es muerte", todo encajaría.

¿Por qué no lo hace? Sería la pregunta lógica para continuar esta cadena de razonamientos. La respuesta, con todo lo trillada que pueda sonar, es misericordia. Misericordia significa no dar a alguien el castigo que merece. Lo dice Romanos 5:8 (RV1960): "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.". 

No lo merecíamos, éramos dignos de la muerte (tal y como la podríamos desear para todos esos malvados que hacen sufrir a los demás), pero como dice el versículo que posiblemente sea el más conocido de la Biblia, Juan 3:16 (RV1960) "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.". No le ha bastado a Dios con no darnos el castigo que merecemos, sino que ha extendido su mano para ofrecernos lo que no merecemos, a través del sacrificio que Él mismo hizo por nosotros.

En resumen, no es el deseo de Dios que suframos o que haya maldad. De hecho ha profetizado el fin de todo ese mal, pero antes ha decidido por amor a la humanidad darnos el chance de reconciliarnos ante Él. Ahora la pregunta es ¿estamos dispuestos a aceptar esta oportunidad?

¡Bendiciones!

jueves, 9 de enero de 2020

No aplican restricciones




Creo que puedo decir tranquilamente que a todos nos gusta la idea de ganar premios. Y cuando participamos por uno, siempre está aquella frase de "aplican restricciones" en alguna parte. Ese par de palabras implica que hay una serie de condiciones a las que nos debemos ajustarnos.




Me viene a la mente un premio en especial: El día en que un amigo se ganó un carro en una promoción de Taco Bell y un periódico universitario. La primera ronda del concurso trataba de lograr la mayor cantidad posible de votos para una frase del tipo que ponen en las salsas. La frase era justamente "No aplican restricciones". Logró la suficiente cantidad de votos y en el sorteo final, salió favorecido con un carro nuevo de paquete. Siempre me acuerdo del momento en que me llamó justo después de ganar. Ni él ni yo nos la creíamos.




En aquel concurso, también existía esa cláusula: *Aplican restricciones. Existía un margen de excepción para las reglas. Posiblemente del estilo "no pueden participar colaboradores o familiares de colaboradores" de alguno de los organizadores del concurso.




Con Dios, tal y como estableció mi amigo Oscar, no aplican restricciones. No hay una letra pequeña precedida de un asterisco.




Muchos hoy en día buscan ese asterisco en alguna parte para facilitar su vida o justificarse basado en algún factor externo.




Uno de los ejemplos más claros es Éxodo 20:12 "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.", a lo cual he escuchado todo tipo de excepciones en años recientes: "Mi papá nunca estuvo para mí", "Mi papá no fue una persona que merezca ser honrada", entre varios otros. Dios da una promesa a quien honre a su padre y madre sin importar quién o cómo hayan sido, no hay letra pequeña en esto.




Otro ejemplo muy de nuestra época es el matrimonio, las estadísticas dicen que en Costa Rica, para el año 2016, 45 de cada 100 matrimonios terminaba en divorcio. Las razones son bastante repetitivas: "ya no lo/la amaba", íntima, infidelidad (que quieren justificar con las dos anteriores), la situación económica, entre otras. Jesús fue muy claro en que "lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre". Incluso autorizó el divorcio si y sólo si hubiera transgresión de la pareja primero, pero también aclaró que ese tipo de licencias se hicieron "por vuestra dureza de corazón". No hay espacio para letra pequeña por aquí.




Finalmente, recordamos La Regla de Oro en Mateo 5. Aquel concepto tan común en los lugares de trabajo de "la milla extra" sale de este pasaje bíblico: Los soldados romanos al volver de la guerra, tenían la potestad de exigir que se les cargase la mochila por una milla, lo cual particularmente para los judíos representaba tremenda humillación. Jesús, con autoridad de palabra, dijo: "a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos.". Hoy en día, nos cuesta tanto hacer el bien a los demás, ¡y mucho más a aquellos que no nos agradan!. El Señor dijo: "Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos." (v44-45a). No aplican restricciones tampoco.




¡Bendiciones y espero que lo leído aquí le sea edificante!





sábado, 4 de enero de 2020

No todo lo que brilla es oro, pero el oro siempre brilla

¡Feliz año nuevo! Espero que Dios nos regale un excelente 2020, lleno de toda clase de bendiciones.


Oro. Palabra cortísima, pero llama la atención donde quiera que esté (muy posiblemente al leer la palabra, usted pudo visualizar inmediatamente algún objeto hecho de oro). Metal precioso sumamente valioso. Suele representar lujo, excelencia y/o poder. El mejor conductor de electricidad. En su estado puro, es inoxidable. Según me mencionaba un compañero de trabajo hace algunos años, el dólar es simplemente una representación numérica de poseer una cantidad "equis" de oro. El oro incluso generó la migración de alrededor de 100,000 personas a finales del siglo XIX hacia la región de Yukon en Canadá para la explotación del río Klondike. Todos buscaban ganar fortuna a través del oro.



Reflexionando sobre la fe, podemos deducir que es similar a lo que se habla sobre el oro. Me quedó muy claro recientemente.



En estos días leía el evangelio de Lucas, capítulo 7. Al inicio de este capítulo, se relata la historia del siervo del centurión. Los ancianos (la palabra en griego es πρεσβύτερος, "presbúteros", de lo cual no sólo entendemos que son personas de cierta edad, sino también de cierto grado de respeto dentro de la congregación) judíos buscan a Jesús dándole la noticia de que el siervo de un centurión (militar romano a cargo de una centuria, es decir, cien soldados) está grave y deberían ayudarle, puesto que este centurión "ama a nuestra nación y nos edificó una sinagoga.".



Puedo haber leído esta historia montones de veces sin la atención de esta ocasión en particular. Básicamente estos ancianos tomaron el ir a asistir al centurión como un asunto de diplomacia más allá del tema humanitario. Le debían ciertos favores políticos y era conveniente que siguiera amando a Israel por montones de razones.



Jesús, por su parte, era distinto.



Él accedió a ayudarle al centurión, pero ahora entiendo que poco o nada tuvo que ver el "amor por Israel" o la sinagoga construída. Cristo, como Dios mismo que es, fue quien creó el corazón del romano. Lo conocía desde el vientre de su madre. Sabía exactamente con qué iba a topar.



Dos amigos del centurión vienen al encuentro del Señor y le mandan un recado por parte del centurión: "Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo; por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero dí la palabra, y mi siervo será sano.". La respuesta de Jesús fue: "Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.". 



Esa era la razón. El Señor estaba revelando en el acto un concepto importante: El centurión realmente amaba a Israel y ayudaba tanto como podía como producto de su fe. El centurión entendía su lugar y el lugar de Dios.



El apóstol Pablo lo explicó a detalle alrededor de 30 años después, cuando le escribe a los Efesios: "por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; ...  somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas." (Extracto de Efesios 2:8,10).



La conclusión es que tanto en la época del ministerio de Jesús, como en la de Pablo, como en la actual, no se trata de que hacemos buenas obras y se nos cuentan como fe o ser hijos de Dios gracias a ello, sino todo lo contrario: Gracias a la fe y a la salvación que Dios nos ha regalado, sentimos el impulso a obrar el bien hacia nuestro prójimo.



El centurión bien pudo hacer sinagogas y fingir amar a los israelitas como cálculo político siendo en sus adentros indiferente hacia ellos como muchos otros, cumpliendo aquello de que "no todo lo que brilla es oro". Sin embargo, su fe genuina, como el oro puro, brilló mediante sus buenas obras.