sábado, 4 de enero de 2020

No todo lo que brilla es oro, pero el oro siempre brilla

¡Feliz año nuevo! Espero que Dios nos regale un excelente 2020, lleno de toda clase de bendiciones.


Oro. Palabra cortísima, pero llama la atención donde quiera que esté (muy posiblemente al leer la palabra, usted pudo visualizar inmediatamente algún objeto hecho de oro). Metal precioso sumamente valioso. Suele representar lujo, excelencia y/o poder. El mejor conductor de electricidad. En su estado puro, es inoxidable. Según me mencionaba un compañero de trabajo hace algunos años, el dólar es simplemente una representación numérica de poseer una cantidad "equis" de oro. El oro incluso generó la migración de alrededor de 100,000 personas a finales del siglo XIX hacia la región de Yukon en Canadá para la explotación del río Klondike. Todos buscaban ganar fortuna a través del oro.



Reflexionando sobre la fe, podemos deducir que es similar a lo que se habla sobre el oro. Me quedó muy claro recientemente.



En estos días leía el evangelio de Lucas, capítulo 7. Al inicio de este capítulo, se relata la historia del siervo del centurión. Los ancianos (la palabra en griego es πρεσβύτερος, "presbúteros", de lo cual no sólo entendemos que son personas de cierta edad, sino también de cierto grado de respeto dentro de la congregación) judíos buscan a Jesús dándole la noticia de que el siervo de un centurión (militar romano a cargo de una centuria, es decir, cien soldados) está grave y deberían ayudarle, puesto que este centurión "ama a nuestra nación y nos edificó una sinagoga.".



Puedo haber leído esta historia montones de veces sin la atención de esta ocasión en particular. Básicamente estos ancianos tomaron el ir a asistir al centurión como un asunto de diplomacia más allá del tema humanitario. Le debían ciertos favores políticos y era conveniente que siguiera amando a Israel por montones de razones.



Jesús, por su parte, era distinto.



Él accedió a ayudarle al centurión, pero ahora entiendo que poco o nada tuvo que ver el "amor por Israel" o la sinagoga construída. Cristo, como Dios mismo que es, fue quien creó el corazón del romano. Lo conocía desde el vientre de su madre. Sabía exactamente con qué iba a topar.



Dos amigos del centurión vienen al encuentro del Señor y le mandan un recado por parte del centurión: "Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo; por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero dí la palabra, y mi siervo será sano.". La respuesta de Jesús fue: "Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.". 



Esa era la razón. El Señor estaba revelando en el acto un concepto importante: El centurión realmente amaba a Israel y ayudaba tanto como podía como producto de su fe. El centurión entendía su lugar y el lugar de Dios.



El apóstol Pablo lo explicó a detalle alrededor de 30 años después, cuando le escribe a los Efesios: "por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; ...  somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas." (Extracto de Efesios 2:8,10).



La conclusión es que tanto en la época del ministerio de Jesús, como en la de Pablo, como en la actual, no se trata de que hacemos buenas obras y se nos cuentan como fe o ser hijos de Dios gracias a ello, sino todo lo contrario: Gracias a la fe y a la salvación que Dios nos ha regalado, sentimos el impulso a obrar el bien hacia nuestro prójimo.



El centurión bien pudo hacer sinagogas y fingir amar a los israelitas como cálculo político siendo en sus adentros indiferente hacia ellos como muchos otros, cumpliendo aquello de que "no todo lo que brilla es oro". Sin embargo, su fe genuina, como el oro puro, brilló mediante sus buenas obras.



No hay comentarios.:

Publicar un comentario