jueves, 26 de marzo de 2020

No entraréis en pánico




Estamos en un tiempo extraordinario en la historia. Hoy en día, la supervivencia de una cantidad enorme de gente depende de que nos rijamos por las instrucciones de las autoridades. (Ojo con Romanos 13:1- 3

Como ciudadanos responsables, mi esposa y yo hemos estado en casa trabajando y recibiendo miles de memes (muy buenos la mayoría), mensajes de aliento, noticias, consejos, directrices y muchas otras cosas por redes sociales.

Entre tanto material, me llamó poderosamente la atención esta imagen (que en otro momento también me llegó como texto)


¡El profeta Isaías profetizó lo que está sucediendo hoy! Jaja, no. Es cierto, la Biblia habla de esconderse un breve tiempo, pero en otro post futuro que ya tenía en mente, quiero hablar de este tipo de interpretaciones "al vuelo".

Como dice el refrán, "un texto sin su contexto, es tan sólo un pretexto". Para poder entender este versículo, es necesario estudiar el capítulo completo. En unas versiones, el capítulo 26 del libro de Isaías se titula "Cántico de confianza en la protección de Jehová", mientras tanto que en otras se titula "Canto de victoria" o "Canto de victoria del pueblo de Dios". Ante esto, nos tenemos que desplazar rápidamente a lo largo de sus veintiún versículos:

- Del versículo 1 al 4, se lee la exaltación del pueblo mediante esta canción a quién es el Señor en quien confían de todo corazón.

- Los versículos 5 y 6 buscan dar testimonio de lo que Dios ha hecho por Israel su pueblo en tiempos anteriores.

- Del versículo 7 al 15, se trata de adoración a Dios por Su carácter y Su manera de tratar al justo y también al impío.

- Del 16 al 19, Isaías relata cómo ha sido el proceder de Israel hacia el Señor y cómo Él ha lidiado con su constante infidelidad y propensión al pecado.

Llegamos a donde queríamos. Versículo 20, que por cierto, para poder comprender apropiadamente, necesitamos leer también el 21. El último versículo del capítulo dice: "¡Estén alerta!, que el Señor va a salir de su morada para castigar la maldad de los habitantes del país. La tierra pondrá al descubierto la sangre derramada; ¡ya no ocultará a los masacrados en ella!".

Habiendo leído esto, es fácil asociarlo con el relato de Éxodo 11:4-5, sobre la muerte de los primogénitos de Egipto: "Dijo, pues, Moisés: Jehová ha dicho así: A la medianoche yo saldré por en medio de Egipto, y morirá todo primogénito en tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sienta en su trono, hasta el primogénito de la sierva que está tras el molino, y todo primogénito de las bestias.". 

Así, podemos entender que se trata de una alabanza a Dios por la liberación que hizo a Israel en Egipto, y no un aviso sobre lo que iba a pasar en 2020. Muchas veces por falta de conocimiento se cree que la Biblia aleatoriamente predice cosas que han sucedido, suceden y sucederán, pero mejor es dedicarle su tiempo al estudio de la Palabra para no caer en esto.

Espero que estén todos muy bien, recuerden tomar todas las medidas de salubridad y principalmente, no entren en pánico: Si nos ajustamos a las medidas de aislamiento social, lavado de manos y limpieza de artículos en el hogar, muy posiblemente superaremos con éxito esta crisis. Nuestra confianza está en el Señor y debemos entender que ha provisto protección con todo el conocimiento que los expertos nos comparten.

domingo, 15 de marzo de 2020

Lidiando con el desánimo


La gente que me conoce sabe que soy ajedrecista desde la edad de aproximadamente diez años. Aprendí en la escuela, principalmente porque algunos de mis compañeros aprendieron primero y quisieron compartir el conocimiento con nosotros. Éramos un grupo de unos ocho chiquillos que no salía del aula en el recreo para quedarse jugando. Desde ahí, se convirtió en un deporte que me apasiona y que estoy disfrutando enormemente en esta etapa de mi vida. Tanto lo estoy disfrutando, que tal y como alguien me enseñó hace ya más de veinte años, ahora lo quiero trasladar hacia la siguiente generación.

En Costa Rica “nacemos con una bola debajo del brazo” (entiéndase que tenemos una marcadísima tendencia hacia el fútbol) y especialmente los varones tenemos ese sueño desde niños de levantar el trofeo de la Copa del Mundo o de la Champions League. Aquí nadie sueña desde tan temprana edad con ser campeón mundial de ajedrez o cualquier cosa semejante relacionada al deporte ciencia. Y no culpo a nadie, yo a los siete u ocho años, también me veía jugando con Saprissa.

Sabiendo todo esto, cada cierto tiempo, en los entrenamientos de ajedrez los sábados por la mañana, aparece una carita de un pequeño que llega hasta allá prácticamente arrastrado porque su papá, mamá o ambos están interesados en que la criatura desarrolle concentración, pensamiento estructurado, habilidad para resolución de problemas y lógica matemática, disciplina, control del primer impulso (todos estos beneficios del ajedrez en la niñez, sumado a muchísimos más para la edad adulta... es más, les recomiendo empezar a jugar, ja ja) o simplemente que se aleje de los dispositivos electrónicos.

De repente, el niño se ve en una sala con un profesor que hace su mejor esfuerzo para explicarle cómo se divide un tablero, cómo se mueven las piezas y otros conceptos básicos del ajedrez.

En mis seis meses haciendo esto todos los sábados por la mañana, he aprendido a leer lo que me dicen esos pequeños ojos: Algunos muestran muchísimo entusiasmo y se quieren comer el mundo del ajedrez de un bocado, pero una interesante mayoría en sus ojos con transparencia pasmosa dejan ver que desde adentro están gritando “¡no entiendo nada de esto, es demasiado aburrido, ya sáquenme de aquí por amor a Dios!”.

Y qué duro es al inicio lidiar con ese rechazo en tan alto porcentaje. Eso encima de toda la tramitología para conseguir materiales, lo complicado de lograr el crecimiento del grupo por tratarse de un deporte de poco poder de convocatoria en comparación con otros y otras circunstancias más que difíciles que rodean todo esto y lo ponen a uno a cuestionarse: “¿Verdaderamente vale la pena seguir haciendo lo que hago?”. Súmesele a todo que no se perciba ningún tipo de ganancia económica por ello.

Ese momento donde uno pone todo en una balanza es producto del desánimo. Puede que se trate de un ejemplo muy trivial en comparación con lo que otros enfrentarán, pero no será sólo a mí, ni sólo en este proyecto que me suceda. En el trabajo, en la iglesia, en el matrimonio y en muchas otras actividades de nuestras vidas todos enfrentaremos al desánimo, indistintamente del grado de dificultad de las situaciones. El tema es que, no podemos dejar que nos venza, ni por un segundo flaquear ante él.

En este tipo de momentos, gracias a Dios he tenido apoyo en mi familia y personalmente he encontrado apoyo siempre en las Escrituras.

En este caso particular, no dejo de pensar en 1° Cor. 15:58, donde Pablo comenta a la iglesia de Corinto: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.




No sé si Pablo le escribía a una iglesia que específicamente atravesaba tiempos de desánimo, pero ¡qué lección de cómo afrontarlo da en este pasaje!

Y si pensamos, como dice Colosenses 3:23, que todo lo hacemos “como para el Señor”, ¿no parece una gran estrategia para seguir en cualquier área de la vida? Es sumamente poderoso el pensar que, todo lo que hacemos como para el Señor, no será en vano.

Esto es, sin duda, mi motor para cuando veo esos ojos de desesperación por irse y no volver más, aún así dar mi 110% por que ese pequeño se lleve la mejor primera lección de ajedrez que se pueda recibir. O más aún, para el día en que sólo un alumno llegue a la clase, yo dé la mejor clase que pueda dar ese día, aunque no llegue nadie más.

Ese tiene que ser nuestro motor para que cuando sepamos que el cliente va a rechazar la propuesta, aún así le demos una propuesta digna de ser recordada.

Tiene que darnos energía para que, cuando las cosas estén difíciles en  nuestras relaciones con otros, podamos entregar nuestra mejor versión cada vez.

Y, principalmente, nos tiene que motivar a servir al Señor cuando menos creamos que vale la pena.

¡Bendiciones!